miércoles, 20 de enero de 2016

Dejarse perder-dejarse ganar.

El éxito es una meta común a los seres humanos.
O de la mayoría.
Desde la tierna infancia se nos enseña a ganar, los aplausos son para el primero del curso, el último recibe sus calificaciones con pudor. Jamás se le ocurriría mostrarlas en una reunión familiar cuando -ah, ese vergonzante momento en que las madres exhiben sus retoños- todos se divierten con algún numerito especial, (doy gracias a Dios y a toda la Trinidad en conjunto por mi santa madre que no me colocó en tamaños aprietos).

Dejarse perder, pequeña frase puesta de moda en los jugadores de tenis. 
Acto ancestral.
Tentación vil (¿hay alguna tentación que no lo sea?).

Mi amigo Ricardo -se fue a la paradisiaca isla Mahón- aseguraba medio en broma, medio en serio, que toda persona tiene su precio.
Algunos tienen –decía- un valor bajo, otros más alto y se reía de mi cara de incredulidad.
Con el tiempo me ha entrado la duda.

Recuerdo la película chilena (de las pocas que he visto) "Historias de fútbol" donde el goleador de un equipo de barrio recibe veinte mil pesos para dejarse perder. ¿Será así en las competiciones? ¿Habrá una élite que maneja las personas como los conviene?
Tal vez esas preguntas y otras sean las que rondan las cabezas de los jóvenes. Y en todo ese paquete han colocado la iglesia, Dios, Jesús y hasta su propia madre.

En este  perder a propósito,  perdemos todos.


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" ¿No saben que en una carrera
 todos los corredores compiten, 
pero sólo uno obtiene el premio? 
Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. 
Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. 
Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; 
nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre."


1 Corintios 9:24-25
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