viernes, 26 de septiembre de 2014

Proceso y fallo.

No sabía si reír o llorar. 
Sentados en el pequeño café, uno frente al otro, parecían una pareja de enamorados bebiendo cappuccino con donuts. 
Escuetamente él le pedía que se divorciaran lo más pronto posible. 
¿Divorcio? ¿Tan lejos habían llegado? 
- Y compartiremos los gastos del abogado –decía él- espero no te opongas. 

No terminaba de comprenderlo. 
¿Pagar por el dolor? 
¿Pagar para que se quedara con sus hijos, los nacidos de su vientre? 
¿Pagar para recibir a cambio la soledad frustrante y total? 

- No pagaré nada. Tú deseas separarte, me niego a poner un solo peso. 
- Bien, entonces no tendrás nada. 
- Eso está por verse. 

El dicho lo afirma: “a todo se acostumbra el ser humano”. 
Al principio cambiar fue difícil, con los días se dio cuenta de la paz, el silencio, comer a deshoras, la música que le gustaba, bailar sola, mirar la tv hasta quedarse dormida, vagar por la playa, leer tendida bajo la sombrilla, sin horario. 
Y le gustó. 
No escuchaba voz crítica detrás de cada acto. ¿Por qué no lo haces así? ¡¿Por qué lo hiciste así?!, ¿eres torpe o te haces la tonta? 
No volvería a escucharlo, aunque todavía su voz resuena en su interior. 

Como un cartel fosforescente a la entrada del centro nocturno, fue la atracción. Pareciera que el cartel “divorciada” se ve a kms., se instala en la mente colectiva de tal manera que cualquiera se siente con ciertos derechos. 
Resistió. 
Poco a poco se fue borrando la señal. 
Lo menos que quería era una aventura sin sentido. 

-Es otra vida, me dice. 
No sé si es mejor, pero estoy entera después de todo. 

Como los convalecientes se pasean inestables por el parque del Hospital, ella camina por la ciudad, ve sus hijos los fines de semana, trabaja, va al templo, asiste a un grupo de terapia, escribe notas en un cuaderno para ir definiendo qué errores la llevaron a perder el hogar y vive tranquila cerca de la playa. 

- ¿Por qué no escribes un blog?, le digo. 
- Lo pensaré. 



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Sin embargo, 
si el cónyuge no creyente decide separarse, 
no se lo impidan. 
En tales circunstancias, 
el cónyuge creyente queda sin obligación; 
Dios nos ha llamado a vivir en paz. 

1 Corintios 7:15 (NVI)


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lunes, 22 de septiembre de 2014

Sanidad.


Hace algún tiempo escribí acerca de Elena., enferma por un periodo no menor a los seis meses. 
Hoy está perfectamente bien, con ciertas restricciones alimentarias que han mejorado su calidad de vida. 
Aquella vez cuestionó todo, su fe, su fidelidad, el amor de Dios. 
Cada enfermedad tiene sus altos y bajos y un tiempo para definirse.
Algunas son largas y dolorosas, otras tolerables. 
Las definitivas desembocan en un funeral. 

Estos días de Fiestas Patrias hemos compartido haciendo unas ricas empanadas de horno, un terremoto sin alcohol (delicioso) y un entrañable "pebre cuchareado".

Mientras la veo reír, conversar y comer como si nunca hubiese estado enferma, recuerdo al Señor en el evangelio de Juan: 
“Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? —le preguntaron sus discípulos—. ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres? 
—No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres —contestó Jesús—, nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él.” (Cáp. 9)
 
Aún hasta nuestros días hacemos las mismas preguntas cuando alguien enferma. 
Algunos sostienen: 
- No se ha cuidado (como aquella que me confesaba: "tú sabes que soy fina, solo bebo vino").
- No hace deporte. 
- Demasiado carnívoro,  por eso tiene gota. 
- Tiene estrés por enojón y trabajólico. 
- Los genes “le pasaron la cuenta”. 
- Muy desmedido, a puro completo no se puede vivir. 
- Las consecuencias, pues, las consecuencias y sentenciosamente “se cosecha lo que se siembra”. 
- O lo que sostengo, hay que tener una dieta saludable (sin duda no te exime de cualquier malestar, pero lo minimiza). 

La sanidad dentro de la comunidad evangélica siempre ha sido un tema relevante. Nuestros padres se apegaban a la "oración y el ayuno" como  la receta simple y efectiva para todo tipo de dolencias. 
Con el advenimiento de la ciencia, la modernidad y los medicamentos de última generación, la antigua receta ha derivado a un segundo lugar o derechamente al baúl de los recuerdos.
Si se pregunta ¿sana Dios hoy? todos los creyentes concordaremos que sí, que obvio, está dentro de nuestra doctrina. Sin embargo acudimos al médico y nos empastillamos hasta el borde de la drogadicción, sin colocar en práctica la fe que decimos sostener.

Pocas veces pensamos que la gloria de Dios puede manifestarse a través de las pequeñas o grandes situaciones cotidianas, los grandes o mínimos dolores. Se nos ha atrofiado la percepción del visible amor, poder y esplendor de nuestro Creador. 

Tal vez porque estamos muy ensimismados para verlo. 





jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Qué es la patria?

Una niña en la clase de lectura me pregunta ¿qué es la patria?
Estos días de fiestas todos la celebramos, insertos en el regazo protector de la cordillera.
El lugar donde vivimos.
La bandera.
La canción.
Las comidas.
Las palabras que nos unen.
El baile.
El espejo verde-azul que nos invade.
La madre.
El padre.
El lugar de la oración cotidiana.

He pensado  tantas definiciones.
Entre todo recordé una frase leída por ahí: "la patria es el lugar ausente"

"Nadie es la patria (dice Borges).
Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, 
de espadas y de éxodos 
y de la lenta población de regiones que lindan con la aurora y el ocaso, 
y de rostros que van envejeciendo en los espejos que se empañan 
y de sufridas agonías anónimas que duran hasta el alba 
y de la telaraña de la lluvia sobre negros jardines.
Nadie es la patria, pero todos lo somos."


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Antes bien, anhelaban una patria mejor, 
es decir, la celestial. 
Por lo tanto, 
Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, 
y les preparó una ciudad. 

Hebreos 11:16


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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Fiestas patrias.

El olor a cebolla se confunde con el perfume de los incipientes duraznos y manzanos en flor.
Me pregunto si habrá algún chileno que por estos días no celebre con una empanada de pino, un trozo de carne asada y un vaso –más que delicioso- de mote con huesillos. Algunos osados se atreverán con la chicha. Yo paso. Respeto el efecto impredecible de las bebidas espirituosas.
Y claro, bailar.
 La cueca es todo un cuento.
Un arte.
Una audacia memorable, como la cueca bochornosa del político aquel.

Las fiestas nacionales (largas y sibaríticas) dejan un desaliento y una resaca difícil de sobrellevar en el día hábil que corresponde volver.
Este año será un considerable “San Lunes” que le costará al país unos miles de fuerza laboral indispuesta.
Ausencias, certificados médicos, excusas, celulares apagados, en fin, el patriotismo al final del día deja entrever su cara más vergonzosa.


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(Señor) Tú cambiaste mi tristeza 
y la convertiste en baile. 
Me quitaste la ropa de luto 
y me pusiste ropa de fiesta, 
para que te cante himnos 
y alabe tu poder. 


Salmos 30:11 (TLA) 


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(Pintura de: Manuel A. Caro)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cien años.

¿Cómo será tener 100 años?
Doloroso, imagino. 
Hastío, tal vez. 
O alucinación de haberlo visto todo, paz, guerras, vidas, amigos que desaparecen, amigos que crecen, toda la música del mundo, todas las palabras, todos los colores. 
36.500 amaneceres. 
36.500 noches con toda su secuela de pesadillas. 
876.000 horas (si las matemáticas no fallan) 
Horas muertas, horas de espera en el hospital, horas en funerales, horas en el parto de los hijos, horas de creatividad, horas de fiestas, horas de cine, horas de lecturas y todavía sobran. 
100. 
Número definitivo. 
Total. 
Mítico. 
Pocos lo alcanzan. 
Sólo algunos privilegiados que tienen la fuerza para soportar el peso de las horas sin encorvar el ánimo. 
Como él. 
El que hoy cumple 100 años.
Generaciones agradecidas leen sus poemas y celebran este día. 
Yo también. 
Es un honor compartir la vida con un ser excepcional. 
Gracias, don Nicanor. 







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En los ancianos está la ciencia, 

Y en la larga edad la inteligencia. 

Job 12:12

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lunes, 1 de septiembre de 2014

El Santiago de Luciano Kulczewski.

Salgo a caminar por la ciudad. 
Descubro barrios pequeños, escondidos, casas que todavía los "lobos" de las inmobiliarias no logran echar abajo. 
Casas que hablan de tiempos bucólicos, tardes de lecturas, madres que hornean pan, niños jugando en plazas luminosas. 
No hay apuro.
Se respira tranquilidad, aun con las avenidas llenas de autos cerca.
Siento una nostalgia anticipada. 
Estos barrios condenados a morir -toda ciudad se construye sobre otra-, como las personas habitan casas que otros habitaron y viven vidas que otros vivieron. 
Es el sino del ser humano, no hay por qué rebelarse, y ¿qué más da si lo hiciéramos?

Pienso en Luciano  Kulczewski y su lucha por dejar este legado, casas sembradas por todo Santiago (incluso el edificio donde vivo) como una gran pintura de los años treinta-sesenta. 
Leo los diversos artículos que hay en la web, algunas de sus palabras, su firma y voy descubriendo la riqueza de una época espectacular, cuando los hombres le daban un cierto valor (todavía) intangible y no monetario a cada ser humano. 
Me maravilla descubrir la arquitectura, los colores, las formas variadas y la dignidad que quizo imprimirle a viviendas de tono menor, construidas para obreros y gente común.


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Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. 
Concéntrense en 
todo lo que es verdadero, 
todo lo honorable, 
todo lo justo, 
todo lo puro, 
todo lo bello 
y todo lo admirable. 
Piensen en cosas excelentes 
y dignas de alabanza 

Filipenses 4:8 (NTV)

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