sábado, 31 de marzo de 2012

El mejor sermón.

La nobleza no es un bien que se dé con profusión por estos días  en el mundo tan competitivo que nos ha tocado vivir. Pareciera que lo más importante es ganar, el éxito y el buen nombre que, por cierto no tienen nada de  censurable o trivial.

 Solo que en el loco afán de la vida, se olvida que la nobleza de ciertos actos está por sobre el triunfo, la riqueza  o la amistad que se pueda desarrollar con los semejantes, más aún en círculos cristianos donde se estimula  el afecto, las sanas relaciones  y las palabras amables.
La elección estaba empatada. Nadie quería cambiar de opinión, voto secreto da para sostener a ultranza posiciones invariables que en el momento parecen razonables y que solo  el tiempo se encarga de  dilucidar.
Votación uno- dos-  tres. Empate. Votación  cuatro, empate. Receso.
Ambos candidatos valen, no hay dudas al respecto. Ambos saben de estas circunstancias.
¿Qué hacer?  pregunta la asamblea.
Como en pretéritos tiempos, Dios ha dejado en manos de los hombres la elección. Una vez más.

De pronto, en la incertidumbre, uno de los candidatos alza su mano y pronuncia en medio de la sala silenciosa “yo bajo mi nombre”.
Yo renuncio.
Renuncio a mi derecho.
Algunos protestan, otros dicen que es una decisión salomónica. 
Todos olvidarán –la vida es una ráfaga de sucesos vertiginosos- este día, este certamen, los resultados se diluirán en el tiempo. Pocos recordarán quién ganó o por cuántos votos.
Lo que jamás olvidarán es esa mano alzada en medio de la congregación diciendo, yo renuncio a mi derecho en bien del hermano, los hago libres de tomar otro camino, libero sus conciencias de cualquier  peso, me retiro voluntariamente.
¿Hay  un sermón mejor que ese?
Ya se quisiera cualquier predicador parecerse a  Cristo en un solo acto. Porque la renuncia es la acción más noble que le podemos brindar a aquellos que amamos.
Una mano alzada que muestra “un camino más excelente”.
Ese es el mejor sermón que he escuchado –lejos- en este tiempo de Dios.



miércoles, 28 de marzo de 2012

La Salvación.


Pero Dios es tan rico en misericordia 
y nos amó tanto  que, 
a pesar de que estábamos muertos por causa de nuestros pecados, 
nos dio vida cuando levantó a Cristo de los muertos.

(¡Es sólo por la gracia de Dios que ustedes han sido salvados!) 


Efesios 2:4- NTV

domingo, 11 de marzo de 2012

Pastor.

   El Señor es mi pastor;
   tengo todo lo que necesito.
  En verdes prados me deja descansar;
   me conduce junto a arroyos tranquilos.
  Él renueva mis fuerzas.
Me guía por sendas correctas,
   y así da honra a su nombre.
  Aun cuando yo pase
   por el valle más oscuro,
no temeré,
   porque tú estás a mi lado.
Tu vara y tu cayado
   me protegen y me confortan.
  Me preparas un banquete
   en presencia de mis enemigos.
Me honras ungiendo mi cabeza con aceite.
   Mi copa se desborda de bendiciones. 

 Ciertamente tu bondad y tu amor inagotable me seguirán
   todos los días de mi vida,
y en la casa del Señor viviré
   por siempre. 


(Salmo escrito por el Rey David)