jueves, 26 de septiembre de 2013

Prisioneros de esperanza (2)


La cama es espaciosa, hay que reconocerlo, años luz de aquellos catres de hospital dados de baja, altos e incómodos como monturas de caballos indómitos. 
Mullida y limpia. Al lado una chata vacía, una silla recién pintada, un modesto mueble de lata con una colonia a la mano.  
La visito por las tardes y recuerdo aquel poema de Pezoa Veliz: “Y pues solo en amplia pieza, yazgo en cama, yazgo enfermo, para espantar la tristeza, duermo.”
Me acomodo en la silla limpia y le tomo la mano. Tan susceptibles somos cuando estamos enfermos que ese solo gesto le provoca lágrimas. Espero que llore a su gusto y luego le cuento alguna historia divertida, un día sobre las fiestas nacionales, otro día acerca de las protestas o de algún crimen pasional. Nada con enfermos o enfermedades, estamos aquí para animar, hacer reír o soñar con el futuro, cuando te den el alta –digo- iremos al Mall a tomar un café  o tal vez  un helado de frutilla. Miraremos las vitrinas hasta que nos salgan callos en los pies (ríe), compraremos un pañuelo para el cuello, una cartera, un labial…en fin, cosas de mujeres.
El momento luminoso llega, veo brillar su mirada con deseos de sanar pronto y sé que el viaje no ha sido tiempo perdido. 


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El Señor lo confortará cuando esté enfermo;
lo alentará en el lecho del dolor.

Salmos 41:3
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viernes, 20 de septiembre de 2013

Prisioneros de esperanza (1)

en la serena luz
de un sol siempre radiante
en los días primaverales,
¿por qué las flores nuevas del cerezo
se dispersan como agitados pensamientos?
Ki no Tomonori

El hombre abre su negocio indiferente al cambio que empieza a rodear la calle.
Los aires se renuevan, se arremolinan los colores en las aceras, los olores viajan con esporas de frutas en ciernes, las aves trinan gozosas y enseñan a volar a los polluelos.
El hombre abre la puerta para recibir los clientes, no sabe que hay guerra en el Oriente Medio, no sabe que llegaron vecinos a los departamentos recién construidos, ni idea del brote de los árboles.
Temprano llega el pan, los trabajadores esperan la marraqueta caliente para un buen emparedado con queso. Él los atiende presuroso y amable. Sabe que en estos tiempos los negocios hay que manejarlos con prontitud, la voraz competencia arrecia contra los almacenes de barrio.
La vida transcurre delante de sus ojos, los niños van y vienen al colegio, las madres pasean por la plaza, chicos traviesos juegan en los prados, llueve, hace sol, es festivo o día laboral, él solo abre la puerta y no vuelve a salir hasta tarde, oscuro, regresa a su casa, duerme unas horas, al salir el sol del día siguiente está ahí, como una cita impostergable.
Y así pasan años.

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Algunas personas trabajan con sabiduría, conocimiento y destreza, 
pero luego tienen que dejarle el fruto de su labor a alguien que no ha trabajado para conseguirlo. 
Eso tampoco tiene sentido, es una gran tragedia. 
Entonces, 
¿qué gana la gente con tanto esfuerzo y preocupación en esta vida?  
Sus días de trabajo están llenos de dolor y angustia, 
ni siquiera de noche pueden descansar la mente.  
Nada tiene sentido. 
Entonces llegué a la conclusión de que no hay nada mejor que disfrutar 
de la comida y la bebida, 
y encontrar satisfacción en el trabajo. 
Luego me di cuenta de que esos placeres provienen de la mano de Dios.  
Pues, ¿quién puede comer o disfrutar de algo separado de Él?


Eclesiastés 2:20-25 (NTV)

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martes, 17 de septiembre de 2013

Eternidad.

Llegó a ser llamado Mr. Eternidad. 
Su nombre real,  Arthur Stace (*); la práctica de escribir esa palabra le cambió el nombre. 
Cuando leí su historia me impresionó la forma tan sencilla de dar solo una palabra de Dios al mundo y que ella fuera eficaz para su ciudad. Escribió por 35 años con tiza en las aceras como un moderno grafitero.

Hemos estado estudiando la epístola a los Filipenses en nuestra Comunidad y el apóstol Pablo es desmedido al insistir en su propósito de vida “predicar el evangelio”, por sí o por no, con contiendas, oposiciones, gentes que atornillaban al revés, nada lo detiene. 
“Es cierto que algunos anuncian el mensaje acerca de Cristo movidos por envidia y con el deseo de causar problemas. Pero otros lo hacen con buenas intenciones, por amor y sabiendo que estoy preso por defender la buena noticia de salvación. Pero los otros proclaman a Cristo sólo por figurar, no son sinceros; lo que quieren es causarme problemas ahora que estoy preso. Pero eso no importa porque lo verdaderamente importante es dar a conocer a Cristo, aunque algunos lo hagan por razones equivocadas. De todas maneras, me alegra que se hable acerca de Cristo. Sí, me regocijaré.” (Filipenses 1:15-18 PDT) 


(*) Historia de Mr. Eternidad aquí: http://www.innerwestbaptist.org.au/tracts/spanish.htm 




martes, 3 de septiembre de 2013

Funeral evangélico.

Me siento frente al féretro.
Un bouquet de rosas blancas luce exuberante en contraste con la vida que se extingue.

Velorio evangélico (tan distinto al que conté hace un tiempo) en toda su amplitud.

Amigos-hermanos que se reencuentran, canciones antiguas y nuevas, flores, palabras de elogio –muchas- a la difunta, de ánimo para la familia, consomé, gaseosas, abrazos. Nunca faltará una guitarra o un acordeón para cantar la música que nos identifica, "cuando allá se pase lista",  "cruzando el valle voy" o "cuán grande es Él"

¿Lágrimas? Pocas.
En nuestros funerales casi nadie llora, aun cuando la pena está en el ambiente. 
Tenemos esa certeza que la persona está en un mejor lugar, al que esperamos llegar algún día…  no tan cercano, por supuesto (aunque nunca se sabe).

Práctica inmemorial es la “ofrenda de amor”, algún dinero puesto en un sobre y extendido disimuladamente a la dueña de casa. Aliviará un poco gastos inesperados.

La muerte para nosotros es un tema tan importante como el amor, la paz y dar al que no tiene. 
Nacer a otra vida después de 30, 40 o 50 en esta es la esperanza que nos hace soportable cualquier dolor o humillación.  

En nuestras ceremonias fúnebres se habla de "un lugar mejor,  que "la difunta descansó de sus trabajos" o que "nos veremos pronto".



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Alégrense con los que están alegres 
 y lloren con los que lloran. 

(Romanos 12:15)


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