lunes, 29 de junio de 2015

Recetas chilenas, algunos tips.

 
Los cristianos también comemos (algunos piensan que vivimos ayunando).
No somos ni sibaritas ni ascetas. Nos gusta la comida como cualquier mortal, bien cocinada, saludable y -en la medida de lo posible-, en buena compañía.
Los evangélicos chilenos gozamos -como todos nuestros compatriotas- con una rica empanada para las Fiestas Patrias o una cazuela calientita en invierno.
Hemos heredado de la cocina mapuche, apetitosa y sana, recetas llenas de buen vivir y sabores diferentes que disfrutamos en nuestra infancia sureña.

Mis amigas (os) me han pedido que les dé un par de  secretos de recetas que he compartido en alguna celebración. Es un hobby que me ha dado muchas alegrías. El sonido más gratificante para una cocinera es cuando el comensal prueba y exclama, mmmmm…, suspiro y luego con los ojos medio en blanco pronuncia, ¡qué rico!, ¿me das un poquito más?

Tengo algunos tips para empezar:
* Toda preparación debe hacerse para disfrutar, el que cocina y el invitado (a).
* A cada receta hay que darle el tiempo que requiere. Particularmente cocino a fuego lento, valorando cada componente.
* No está de más decir que ingredientes, utensilios y ambiente debe ser previamente higienizado lo mejor que se pueda.
* Disponer de recipientes, ollas, un buen cuchillo y otros complementos para comodidad del que trabaja.

* Alguien sostiene que el toque “amor” es fundamental, yo difiero un poco, creo que a la cocina hay que respetarla, dedicarle tiempo y seguir las recetas (o lo que una ha descubierto) con las medidas y combinaciones correctas. La prueba es que he cocinado unos esperpentos y a pesar que los he hecho con mucho cariño, me han resultado unos bodrios.
 * En el arte de cocinar más vale seguir los consejos de los que saben y no improvisar cuando tenemos una celebración importante. Los experimentos es mejor dejarlos para esos días de invierno, encerradas en nuestro hogar mezclando sabores.

* Recordar que lo más importante es la comodidad y deleite de los invitados. Saber qué les gusta es esencial. Nada más fome , una invitación donde sirvan carne de cerdo sabiendo que hace años no la consumo. Me recuerda aquella fábula que leímos en el colegio.
* Nunca está de más darle un vistazo a las fechas de vencimiento de los ingredientes. Una harina vencida es fatal.
* En este último tiempo he intentado tener un menú de invierno y otro de verano para aprovechar los bajos precios y la abundancia de cada  estación.

 Cocinar es agradable, definitivamente.



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 Señor:
 “Haces que crezca la hierba para el ganado, 
y las plantas que la gente cultiva 
 para sacar de la tierra su alimento: 
el vino que alegra el corazón, 
el aceite que hace brillar el rostro, 
y el pan que sustenta la vida.” 

Salmos 104: 14.15


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viernes, 26 de junio de 2015

Vivir en Santiago.


-Esta es una ciudad de porquería-, dice.
-Si es de “porquería” ¿por qué todos quieren vivir en Santiago, incluyéndote?
-Porque aquí está la plata-, me responde.

La Capital de Chile vive sus peores días.
Las lluvias esquivas no se vislumbran y la polución ha llegado a grados irrespirables.
Según las estadísticas, gente muere por enfermedades respiratorias producto de la mala calidad del aire. Y si no hacemos "algo", dicen, seguirá una secuela imparable. En el "algo" nadie se pone de acuerdo.
¿Por qué vivimos aquí?
¿Por qué amamos esta ciudad viciada?
¿Qué podemos hacer por ella que no la empeore?
 No creo que vivamos aquí solo por el dinero, el interés de un buen trabajo o la facilidad de adquirir bienes.

 Me gusta Santiago por su variedad cosmopolita, nadie se asombra si llevas el pelo morado, verde o usas anillos en la nariz. La extravagancia es tolerada y en algunos casos, apreciada. Debo reconocer que a veces somos racistas, tema que debemos revisar, especialmente con algunos extranjeros que no son bien mirados.

Me gusta Santiago por sus catedrales, sus enormes edificios y la historia que encierran.
Me gusta el Metro y el bullir que se produce a las horas punta.
Me gustan los muchachos y su desparpajo al caminar sin miedo, los parques con árboles autóctonos y las carreteras donde más de una vez me he perdido, en lugar de ir hacia la cordillera he ido hacia la costa.

Me gusta Santiago porque soy una más entre los siete millones que la habitamos, nada singular, bajo perfil dicen.
Me gusta Santiago con sus amplias veredas de cemento, las torres de edificios que se levantan para albergar a todo el que quiera venir y como dice un comentarista radial, “que tenga las lucas”, aunque eso no es tan definitivo. Conozco alguien que vive en un departamento y no gasta ni un peso.

Me gusta Santiago porque Dios ama las ciudades, en ellas viven personas que sufren, lloran, ríen, se enamoran y creen en un Creador a pesar de la indiferencia de otros.
Me gusta Santiago porque aquí está mi hogar.
Me comprometo a orar por mi ciudad, cuidar el espacio que me toca, plantar árboles donde se pueda, reciclar, reutilizar, reducir  y compartir. ¿Podría hacer algo más?


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 Cuando vio a las multitudes, les tuvo compasión, 
porque estaban confundidas y desamparadas, como ovejas sin pastor. 
A sus discípulos les dijo:  
«La cosecha es grande, pero los obreros son pocos.
Así que oren al Señor que está a cargo de la cosecha; 
pídanle que envíe más obreros a sus campos».


Evangelio de Mateo 9:36.38 (NTV)
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(Fotografía de Santiago, Chile)



miércoles, 24 de junio de 2015

Paseo de otoño en Santiago.

Nos sentamos en la plaza bajo el tenue sol de otoño que ilumina los paseantes dándoles un aire de fantasía.
Las palomas revolotean y los gorriones pelean por las diminutas migas de pan esparcidas entre las baldosas. En el quiosco central suena una música de Mozart, tal vez el Concierto N° 9.

En unas pequeñas mesas algunos hombres juegan ajedrez. Una madre sube a su hijo a un caballo de madera para que el fotógrafo los inmortalice mientras sonríen, se besan, las manos enlazadas en un instante de dicha.
Más allá un pintor retrata una muchacha que permanece quieta como una misteriosa monalisa. La brisa es apacible, como si no quisiera interrumpir la placidez del momento.

Recuerdo el poema de Nicanor Parra, "hay un día feliz". 
No se puede dudar, éste es el reino/ Del cielo azul y de las hojas secas/ En donde todo y cada cosa tiene/ Su singular y plácida leyenda:/ Hasta en la propia sombra reconozco/ La mirada celeste de mi abuela./ Estos fueron los hechos memorables/ Que presenció mi juventud primera,/ El correo en la esquina de la plaza/ Y la humedad en las murallas viejas./ ¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe/ Uno apreciar la dicha verdadera,/

Tarde  perfecta.
La felicidad de las cosas simples.
Plaza de Santiago, kilómetro cero.


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Este es el día que hizo el Señor;
    nos gozaremos y alegraremos en él.

Salmos 118:24

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lunes, 22 de junio de 2015

50 dias sin televisión.

Hoy se cumplen 7 días.
Me atreví.
¡ME ATREVÍ A DEJAR LA TELE!
A más de alguien le parecerá una bobada, como mi amiga Juani que sostiene su imposibilidad de dejar de mirar el aparato en cuestión. 
No desmerezco el aporte de los medios visuales, las horas de risa que nos han regalado, los lagrimones que nos han desestresado o las emociones frente a una historia bien contada. Simplemente mi cabeza andaba demasiado dispersa en el último tiempo, saturada de imágenes, varias tareas pendientes por falta de concentración.
Una limpieza mental a nadie puede hacerle mal.

Según la evaluación de estos últimos días han sucedido varios cambios:
La Copa América pasará por mi casa sin pena ni gloria. Los vecinos de los departamentos gritan goooool a todo pulmón, las bocinas resuenan en las calles, ahí me entero que vamos ganando...hasta ahora.
De mi parte ningún comentario de noticias con mis amigos, menos de fútbol.

Redescubro la música clásica y antiguos himnos remasterizados.
Empiezo a dormir mejor.

Con algunas amigas aprendí un juego de cartas.
Avanzo en la lectura de la Biblia (a paso de caracol, pero progreso), ya voy en la recta final, la primera Carta del apóstol Pedro en toda su brillantez.

He descubierto que otros han hecho lo mismo –por cierto, ya sé que mis ideas no son originales- y han tenido buenos resultados.
Espero lo mismo al final del período.


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  Andan diciendo algunos:
 “Todo me está permitido”. 
Sí, pero no todo es conveniente. 
Y, aunque todo me esté permitido, 
no debo dejar que nada me esclavice.


1 Corintios 6:12 (BLP)

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viernes, 19 de junio de 2015

Música pentecostal.

Llegan con sus mandolinas, un banyo y una guitarra.
Cinco mujeres y un hombre.
Es extraño, son chicas modernas, cibernautas, chatean y tienen facebook, visten pantalones, gorros bolivianos, usan aros brillantes y se hacen trencitas y mechas californianas en la cabeza.
Sin embargo cuando empiezan a rasguear los instrumentos adquieren ese aire pentecostal que me cuesta describir, entre respetuoso y antiguo, entre místico y alegre, la cara cambia de expresión, se concentran como si el Espíritu estuviera soplándoles al interior una melodía que solo ellas escuchan.

La música evangélica es variada, ecléctica, todos los estilos, desde himnos luteranos hasta el notable hip-hop que algunos interpretan en buses del Transantiago o en espectáculos callejeros. La música pentecostal es inconfundible, sentimental y rítmica. Apegada a una tradición de cuerdas y tonos menores. Generalmente lleva al auditor a la emoción y a veces hasta las lágrimas, enraizada en lo más profundo de las iglesias sureñas autóctonas, sufridas en la esperanza de un mejor acontecer.
La música pentecostal cala directo al corazón.

Tal vez porque ser pentecostal es un sentimiento, una certeza de pertenecer, la canción ahuyenta las tristezas y te da fuerzas para vivir.
Algunos sostienen que no existe algo como “música cristiana” y les encuentro bastante razón. Pero si me preguntan por la  música pentecostal, respondería que sí, que la hay y es diferente, tal vez única en su género, como lo es el gospel, el jazz o la cumbia.
Amo la música con toda clase de instrumentos, de cualquier época, de todo país, todos los estilos ¿tú también?


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¡Alabado sea el Señor al son de trompetas!
¡Alabado sea el Señor con salterio y arpa! 
 ¡Alabado sea al ritmo del pandero!
¡Alabado sea con flautas e instrumentos de cuerda!
¡Alabado sea con campanillas sonoras!
¡Alabado sea con campanillas jubilosas!
 ¡Que todo lo que respira alabe al Señor!
¡Aleluya!

Salmos 150: 3-6 (RVC)
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Una muestra aquí:



jueves, 18 de junio de 2015

Pecados financieros: derroche.

No puede conservar una moneda en el bolsillo. Literalmente.
Toda el sueldo lo usa en pocos días, el resto del mes pide prestado.
Como decimos en Chile “le debe a cada santo una vela”.
Gasta más de lo que gana.
Consume más de lo que ingresa.
Disfruta sin fijarse en cantidades.
Es inmoderada en las comidas, mano abierta en las propinas, derrochadora por excelencia.
Cualquier ingreso es poco.

¿Qué le hace falta a mi amiga Ja…?
Unas clases básicas de matemáticas, un cuaderno de entradas-salidas, una buena calculadora y un poco de sentido común.
A muchos nos ha pasado en la vida, nos fuimos de casa -donde no teníamos idea lo de pagar cuentas-, recibimos nuestro primer dinero y lo gastamos todo en un anillo de oro (eso hice yo, y me lo robaron al mes siguiente).
Otros se enfiestan hasta el desvanecimiento.
O se van de shopping y compran de un cuantuay con la excusa que “está de oferta”.

No es fácil aprender el manejo sabio del dinero.
Sea poco, sea mucho, la administración es una ciencia que se aprende pasando hambre y vergüenza (si no has estudiado concienzudamente), a menos que desees vivir endeudado per saecula saeculorum.


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 El que es inteligente obedece la ley; 
el que todo lo malgasta,
 llena de vergüenza a su padre. 


 Proverbios 28:7 

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lunes, 15 de junio de 2015

Pecados financieros: avaricia.

Quería tenerlo todo, mi amiga Beatriz.
Un gran automóvil, buena casa con piscina, un departamento en alguna playa top para rentar si alguna vez llegaba la vejez y la mejor jubilación. Joyas de oro, porque el papel se desvaloriza, me decía.
Trabajaba para eso.
Largas jornadas laborales, desde antes que saliera el sol hasta muy entrada la noche.

Su hermana contrajo matrimonio con un buen hombre que la amaba. Su patrimonio ascendía a dos hijas encantadores, una casa heredada de sus suegros, un perro fiel y una gata independiente.

Beatriz rara vez asistía a los cumpleaños de sus sobrinas a pesar de las insistentes invitaciones, rara vez llegaba con algún regalo.
Los fines de semana se encerraba en casa a trabajar en el PC, observar los movimientos de la Bolsa de Santiago y dedicarse a cuidar sus joyas, pinturas y antigüedades de alto valor.
El “único despilfarro” –según sus palabras- era comprar crema anti-age de buena marca. No usaba jabón porque resquebrajaba la piel y mantenía un control férreo sobre los gastos.

Con apenas 42 años le diagnosticaron un aneurisma cerebral que -sin aviso- le descontroló la vida, felizmente sin consecuencias fatales.
Hoy sus días transcurren entre los controles médicos, las sobrinas la han adoptado para turnarse atendiéndola con dedicación de Florence Nightingale y las tardes bucólicas en la casa de su hermana, alejada del "mundanal ruido". Lejos está aquel tiempo de codicia y desmedido amor por las riquezas.

La visito en ocasiones, aún tiene rasgos del antiguo hábito, ciertos tics que conservan las personas avaras, pero el amor y los cuidados familiares producen milagros.
Tal vez con el cariño constante de su hermana y el tiempo pueda ser dichosa más allá de las posesiones materiales que –por cierto- ayudan pero no son el único leitmotiv de una sana existencia.


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También les dijo: 
«Manténganse atentos 
y cuídense de toda avaricia, 
porque la vida del hombre no depende
 de los muchos bienes que posea.»


El Señor Jesús lo dijo en: Lucas 12:15

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viernes, 12 de junio de 2015

Pecados financieros: tacañería.

“Mano de guagua”, le decían.
Él alegaba que era ahorrativo, que la vida de pobreza es dura, que nadie te da una mano cuando caes en la indigencia.
Gran error.
La vida de pobreza no es más cruel que cualquiera de los males que aquejan la raza humana.

Es más sencillo soportar la necesidad económica que la falta de amor, la incredulidad, una enfermedad terminal en plena juventud, la consternación al perder un hijo, el abismo de la soledad, la perversidad de un enemigo.

Aquella historia del joven rico es tan vigente hoy como lo fue en otra época.
Y la orden de vivir dando no se ha derogado para este siglo, por el contario, sigue siendo una fuente de bendición para el donador.


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Que cada uno dé como propuso en su corazón, 
 no de mala gana ni por obligación, 
porque Dios ama al que da con alegría. 
Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, 
a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, 
abunden para toda buena obra. 

2 Corintios 9:7-9



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(Fotografía de  Noel Feans)

miércoles, 10 de junio de 2015

Pecados financieros: usura.

Me prestó dinero.
En aquella época mis finanzas estaban en el suelo.
Quebrada, es la palabra.

Fui a su oficina, tenía una próspera fábrica de bolsas de papel…y facilitaba efectivo.
Al 20 % mensual.
La tasa legal era máximo 5 %.

Tomé el préstamo apretando los dientes. Comer era más urgente que los escrúpulos.
Caminé de regreso a casa bajo un tenue sol de otoño y oré mirando al cielo, creyendo que detrás de ese color desvaído, Dios tendría misericordia de mi calamitosa administración.
Lloré en plena calle con desesperanza.

La usura me robó un par de años.
Terminé de pagar mis deudas con la ayuda del Señor, grandes esfuerzos, muchas oraciones y una noche en el hospital de urgencias con un patatús nervioso que casi me exporta al otro mundo.

Parte de mi capital intangible es saber que jamás cobraré un % a quien le preste, porque ahora -después de la crisis- Dios me ha dado para hacerlo.


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 Quien su dinero no dio a usura,
Ni contra el inocente admitió cohecho.
El que hace estas cosas, no resbalará jamás.


Salmos 15:5


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(Pintura de Quentin Massys, el cambista y su mujer)




lunes, 8 de junio de 2015

Ebrios (4)

Dicen –no me consta- que los ebrios tienen una larga vida. Si alguien no los agrede en algún bar y los manda al más allá, obviamente. Porque si hemos de concordar es que los curados son porfiados, a veces muy violentos y algunos bastante groseros pues pierden parámetros de conducta y las inhibiciones propias del comportamiento social.

Pedro era joven, tal vez unos 35 años, padre de una bebé, trabajador y buen marido.
Hasta que llegaba el viernes.
Especialmente el viernes de paga.
Ahí se olvidaba de todo, solo quedaba delante de sus ojos la mesa con los amigos, las copas y las risas.
Hasta muy entrada la noche regresaba a casa como podía.
Aquella ocasión descendió del bus, la instabilidad del cuerpo lo hizo caer con tan mala fortuna que una de las ruedas le tomó la pierna dejándosela atrofiada para siempre. Los intentos del chofer que rápido lo llevó a los primeros auxilios fueron inútiles, la operación duró algunas horas, la convalecencia unos meses y la invalidez hasta hoy.
Camina con dificultad.
Una muleta a cada lado, sin prótesis que le ayude. Su mujer me cuenta que jamás ha vuelto a beber.



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 No se embriaguen con vino porque eso les arruinará la vida.
En cambio, sean llenos del Espíritu Santo, 
eviten las canciones de taberna, 
alaben a Dios con himnos y canciones del espíritu.



Efesios 5:18-19 (Paráfrasis)


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viernes, 5 de junio de 2015

Ebrios (3)

Tambaleándose y sostenido en un hilo invisible a punto de cortarse, entró en el templo.
Sentado en la última banca escuchó el sermón.
 Entre la embriaguez y el razonamiento sacó un pañuelo y rompió en llanto, ese lamento típico de ebrio arrepentido al que nadie le cree.
Hasta que sucede lo inesperado.
El Espíritu Santo le da un toque y el hombre salta de su asiento glorificando a Dios sin una pizca de vacilación.
 Desde ese día Rigo  hizo un giro en 180 grados.
Abandonó el alcohol –se hizo “canuto” ríen los amigos-, se dedicó a la familia, compró una Biblia y se matriculó en unos cursos por Internet para entender lo que leía.
Fanático susurran en el trabajo.
 Te lavaron el cerebro, le dicen los más cercanos.
Él, como si escuchara llover.
Sabe que su vida es otra, que recuperó el respeto de su familia y su propia estima.
Sabe que su encuentro con Dios fue real e imborrable.


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 Andan diciendo algunos: “Todo me está permitido”. 
Sí, pero no todo es conveniente. 
Y, aunque todo me esté permitido, 
no debo dejar que nada me esclavice.


1 Corintios 6:12 (BLP)

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miércoles, 3 de junio de 2015

Ebrios (2)

“Para que se haga hombre”, dijo el padre y le extendió la copa.
Tenía no más de 6 años.
Sabido es que en Chile (no sé si en otros países) los progenitores dan una copa de vino a sus hijos pequeños con la fe primitiva que eso les preparará para la vida. Faltará el pan, los zapatos o la leche, pero ¿licor?, no, señor, eso no puede faltar.
Porque como decía el apóstol Pablo –aquí sacan la teología popular- “le recomendó a su hijo Timoteo que bebiera una copita para sus dolores". Y con todo desparpajo lanzan “¿ve que hasta la Biblia recomienda el vino?”.
Toda una filosofía.

Mi abuela murió cuando yo era pequeña.
Al mes fuimos a visitar su tumba, colocarle algunas flores y llorar su ausencia.
Mi tío Enrique –hombre de fácil sonrisa-, nos invitó a unas bebidas. Una copa de vino, para especificar. Una ronda para todos –y como dice nuestra Presidenta- para todas.
Incluyéndome.
A mis escasos 5 años bebí, no recuerdo cuánto. Solo recuerdo la curadera, el mareo rabioso, el deseo de seguir bebiendo y la posterior resaca. Un dolor de cabeza que no se lo doy a nadie, gracias a Dios nunca volví a sufrirlo. Porque, claro está, no me volví a curar. Con una vez basta y sobra.

¿Mi tío? Murió abstemio después de pasar las “mil y una” con un vicio del demonio. Nunca se casó (¿qué mujer se atrevería?), no tuvo ningún hijo y anduvo 30 años de su vida alcoholizado.
Cuando me cuentan las bondades del licor les comento “a otro perro con ese hueso

Como dice el rey aquel con tamaña sabiduría:


 “¿De quién son los lamentos? ¿De quién los pesares?
 ¿De quién son los pleitos? ¿De quién las quejas?
 ¿De quién son las heridas gratuitas? ¿De quién los ojos morados?
 ¡Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores! 
No te fijes en lo rojo que es el vino, 
ni en cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; 
porque acaba mordiendo como serpiente y envenenando como víbora. 
Tus ojos verán alucinaciones, 
y tu mente imaginará estupideces. "


(Proverbios  23: 29-32 NVI)




(fotografía gracias a mirófotografos)



lunes, 1 de junio de 2015

Ebrios (1).

 Me has hecho Tú,
 ¿y ha de pudrirse tu obra? 
Repárame, pues ya mi fin se acerca; 
quiero huir de la muerte, 
mas me encuentra, 
y todos mis placeres son pasado.
 John Donne.

Nadie quiso hacerse cargo.
La madre –cansada de soportar por años un marido alcohólico- le negó el asilo.
Los hermanos –frenados por cada esposa- sostenían que no estaban en situación de recibirlo, cada uno cargaba sus propios problemas.
Los hijos sufrían su presencia, siempre ebrio, siempre al borde de la violencia o de escándalos callejeros.
La esposa había interpuesto una demanda para obligarle a un tratamiento terapéutico.
El estado dilataba ad infinitum una hora médica.

Un  ebrio consuetudinario –muchos pululan por nuestras calles- es una especie en alza dentro de nuestra sociedad. Los muchachos (en estos tiempos también las chicas), inician su carrera en las bebidas espirituosas desde muy pequeños, sin que se den cuenta el vicio los atrapa con garras férreas, difíciles de romper. Prometen dejarlo, se internan en una clínica, lloran, se arrepienten, toda la gama de metodologías no resulta, una y otra vez vuelven a caer en el líquido elemento como si se dejaran caer en los brazos de una amiga amorosa.

H. ya estaba terminal. Su vida era una constante irrealidad. Fue internándose en la inconciencia, un viaje del que no fue capaz de regresar.
La muerte –amante de todo ser humano- abrió sus brazos y le dio lo que todos le negaron, aceptación y descanso. Lo amó con su cuerpo descompuesto y maloliente, no tuvo escrúpulos para abrazarlo y conducirlo por los caminos intrincados de una nueva existencia, tal vez mejor, solo Dios lo sabe.
Bien dijo el poeta “la muerte tiene una mirada para todos” (*)



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Su destino final es el sepulcro; 
la muerte los va llevando como guía el pastor a sus ovejas. 
En cuanto bajen a la tumba,
 abandonarán sus antiguos dominios. 


 Salmos 49: 14 (TLA)


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(*) César Pavese.