miércoles, 21 de junio de 2017

Una persona común.

Escuchamos encendidos sermones.
Promesas sublimes.
“Cuando seas mayor Dios te usará para grandes cosas”.
“Dios tiene un plan maravilloso para tu vida”
“Sigue tus sueños, tú tendrás un gran futuro”.

¿Dónde quedaron esos ofrecimientos?
¿En qué recodo del tiempo se perdió la grandilocuencia?
¿Cuántos de nosotros somos “grandes”? (Y por cierto, ya llegamos a mayores).
Ni profetas, ni misioneros, ni predicadores, ni exitosos, ni elocuentes.

Común.
Exactamente eso, común.
Casi invisible.
Ejecuto cada día actos pequeños, visito una enferma, doy un pan con algo adentro, un vaso de agua, una taza de té, canto una canción que nadie –excepto Dios- escucha.
Escribo palabras breves –ni me atrevería a publicar un libro-, hago rogativas que muchas veces no resultan como las espero, voy a funerales –este año ha sido el peak-, riego las flores. Cuido unos patos que a nadie importa si viven o mueren (a mí obvio que sí), me levanto con la esperanza que este día suceda algo extraordinario de parte de Dios, como decía el cantor aquel “una luz segadora, un disparo de nieve”, lo más cercano ha sido el viento impetuoso que botó las hojas de las palmeras, por un momento pensé que alguna terminaría en el suelo.
¿Soy infeliz porque no tengo un nombre en los periódicos?
¿Me siento postergada porque mi rostro no triunfa en las páginas sociales?
¿Me consume el desasosiego porque perdí el tiempo en actos insignificantes, a veces modestos y anónimos?
En absoluto.
He recibido más de lo que he dado.
Me han amado más de lo que he amado.
He sido bendecida más allá de mis limitaciones.
Él me ha guardado de noticias catastróficas.
Tengo entero el esqueleto y conste que he tenido caídas espectaculares.
Mi corazón no sabe de taquicardias.
Es verdad, nunca soñé demasiado, ni fui “aspiracional”.
Nunca escalé una montaña para batir un record o corrí una maratón, cuando voy al volante mi velocidad es la que estipula la ley, 60 Km/por hora en la ciudad, 90 en carretera.
Mamá decía (con alguna razón), que su hija no tenía ambiciones.
Yo estuve –y estoy- dispuesta a los trabajos nimios, ocultos, sin gloria.
El único deseo que tengo (en eso me declaro aspiracional)  no lo he logrado aún, tal vez deje la vida en el intento.

 
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 "Y cualquiera que como discípulo dé a beber 
aunque sólo sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños,
 en verdad les digo que no perderá su recompensa.”

Mateo 10:42 (NBLT)

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4 comentarios:

Fernando dijo...

Así es, Ojo Humano: para el 99,99% de nosotros todo consiste en pequeños actos, en "perder el tiempo", en cosas que nadie ve ni aprecia salvo Dios. Sólo Él da sentido a todo.

Felicidades por lo del esqueleto y lo del corazón.

Curioso lo del "peak" de funerales. Nos vamos haciendo mayores.

Conforme -totalmente- con que "he recibido más de lo que he dado". Ojalá nunca lo olvidáramos.

Misteriosa frase final, la del "único deseo pendiente": seguro que Dios te lo acabará dando.

Susana M dijo...

Lo grande está en lo pequeño. Un beso.

ojo humano dijo...

Querido Fernando, cuando uno crece y se da cuenta que eso es la vida puede ser feliz con lo que es y con lo que tiene. Aunque hay personas que siempre quieren más de la vida y eso también creo que está bien.

ojo humano dijo...

Querida Susana, entender eso es de sabios. Los miles de actos pequeños hacen de nuestra vida un total que Dios evaluará...espero que con nota aprobatoria.
Un abrazo.