viernes, 11 de octubre de 2013

Jardín de alcachofas

Cruzamos la frontera invisible entre la ciudad y el campo,  nos adentramos a las espaciosas casas del Valle Elqui, Norte de Chile.
Abundancia excepcional, tierra plena de verde -aunque algunos aseguran que el desierto avanza hacia el Sur-, bordeada por pequeñas piedras pulidas con el tráfico de camiones que llevan su carga a los centros urbanos.
De pronto aparece el jardín, o más que eso, un amplio huerto de ensueño, un espacioso terreno abundante de alcachofas,  en el “peak” (*) de su esplendor.
Un regalo excepcional.
Mis amigos invitan a la cosecha y mientras me inclino sobre las matas les pregunto si recolectan todo a mano.
Sí, me responden, una por una, bajo el candente sol o la grata neblina. Una a una, todos los días hasta dejar solo las ramas mustias.
Desde hoy comeré con más respeto los productos de la tierra, en especial aquellos obtenidos de manera artesanal, sacrificio incluido.
Agradecida de aquellas mujeres ignoradas que proveen para mi mesa de ciudad la abundancia de la tierra y -si bien es cierto que Dios la hace germinar-, no es menos cierto que ellas colaboran en mi bendición.


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Así como la lluvia y la nieve
descienden del cielo,
y no vuelven allá sin regar antes la tierra
y hacerla fecundar y germinar
para que dé semilla al que siembra
y pan al que come,
 así es también la palabra que sale de mi boca:
No volverá a mí vacía,
sino que hará lo que yo deseo
y cumplirá con mis propósitos.


Isaías 55:10:11 (NVI)
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2 comentarios:

Fernando dijo...

La alcachofa es bonita, Ojo Humano, es una lástima que alimente tan poco.

Sí, el campo y la agricultura nos acercan a Dios, es fácil ver su mano detrás de una humilde planta. Quizá por eso antes eran más religiosas las sociedades.

ojo humano dijo...

Lo pasé increíble. Un gran viaje y comí muchas alcachofas.