viernes, 29 de junio de 2012

El trabajo.

De niña leía un cuento, oh, aquellos cuentos con moraleja que nos marcaron la ruta: "La abeja haragana".
De niña aprendí el valor del trabajo, aunque también disfruté de días vagos e inútiles.
Hoy es un poco distinto.
Veo a los jóvenes en polos opuestos, algunos tan despreocupados pensando que los padres los auspiciarán por siempre y los otros corriendo frenéticamente por el éxito en la empresa, el dinero a toda costa, el placer de tener antes que ser.
Como alguien lo dijo alguna vez "todos los extremos son malos".
Tal vez se aplique en el caso del trabajo. 
Porque si en algo quisiera ser "extremista" es en la búsqueda diaria de Dios, Su Palabra, Su amor, Su Misericordia. 
El trabajo como un medio. Jamás un fin.


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¿Para qué gastar el dinero  
en lo que no es verdadera comida?
¿Para qué desperdiciar los ingresos del trabajo  
en lo que no satisface realmente?

Isaías 55:2
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