martes, 26 de julio de 2011

Enojo.


Aquella noche se acostó enojada.
De pronto, en medio de la oscuridad recordó aquello aprendido en la Escuela Dominical: "No dejen que el sol se  vaya estando aún enojados, porque la ira le da un punto fuerte de apoyo al diablo." (Efesios 4:27)
A lo lejos un perro ladraba, también enojado. Los zorzales ya habían salido a cantar en los árboles del jardín, tal vez era el amanecer de un nuevo día.  
Acababa de darle un punto de apoyo al enemigo de su vida y lo  supo con la certeza de una realidad fría y determinante. Supo también que le costaría revertir la situación, murmuró una oración y sonrió, todavía podía luchar.
Cuando aclare, se dijo, iré de inmediato a pedir disculpas.
En ese instante todo el enojo desapareció, recordó el momento de su ira y se halló ridícula y sobreactuada.
Hubiese sido más fácil pedir disculpas en el momento. Pero la ira dominaba la conversación (si es que a ese alboroto se puede llamar de esa manera). 





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