miércoles, 15 de marzo de 2017

Tantas preguntas.

Tantas preguntas todavía.
¿Cómo funciona el mundo?
¿Por qué tanta pobreza en Sudán del Sur?
¿Cómo puedo ayudar si soy tan insignificante?
¿La oración hará una diferencia?
 ¿Hasta dónde llega nuestro “libre albedrío”?
¿Cómo soportas la muerte de tu hijo?

Voy al funeral de un muchacho. 34 años, en la plenitud de la vida. Sencillamente su corazón dejó de latir de un momento a otro, no hay todavía explicación médica.
Su pequeña hija de dos años juega entre los deudos, ajena a la tragedia.
El padre recita algunos versos de la Biblia mientras lo despide. Demasiada vehemencia en la voz me causa una leve sospecha ¿estará realmente convencido de sus palabras?
¿Qué sentirá después del sepelio?

Tantas preguntas todavía, tanto leer, tanta oración, tanta canción y todavía las respuestas se vislumbran como el sol oculto por la neblina del amanecer.

Recordé aquellas palabras de Eliú, en el libro de Job:  "Muéstranos qué le hemos de decir pues no podemos organizar nuestras ideas a causa de las tinieblas."

Tal vez la incertidumbre de ver a un muchacho en un ataúd me produce un vértigo difícil de explicar.






4 comentarios:

Susana M dijo...

Qué pena. Hace falta mucha Fe. Un beso.

ojo humano dijo...

Sí, Susana. Fue triste.Nadie espera que una persona joven y vital muera de esa manera. Una pena.

Fernando dijo...

Los funerales y velatorios siempre son momentos difíciles, Ojo Humano. Yo, en concreto, nunca sé qué decir: ni está bien mostrar un dolor que no sientes ni mostrar frialdad.

La muerte de la gente joven siempre es un drama, pero también una buena ocasión para reflexionar sobre la oportunidad que Dios nos ha dado a los que seguimos vivos: si yo hubiera muerto a su edad llevaría ahora ... años muerto; llevo ... años vivo, son un regalo de Dios que no he sabido aprovechar.

ojo humano dijo...

Así es, Fernando. Es bueno siempre dar gracias porque estamos vivos y disfrutar lo que Dios nos da en su gracia.
Pura gracia.